La Coctelera

Swibel

2 Marzo 2011

Mei·tres

Guardamos en casa tres camareros que se comportan de maneras extrañas, y de una forma poco dada a la descripción literaria.
Es como si estuvieran flotando por encima del suelo de casa, pero allí por donde pasan dejan huella, olor y una personalidad indeleble.

El primero de ellos, suele dejarse caer cuando Publicity va a buscar la margarina olvidada. Y entonces, aparece repentinamente un tipo que busca sentarse en la silla del ausente Publicity, y Advertising y yo le ahuyentamos a voces de: "el tomate fritoooooo...". No, no han de buscarse explicaciones de por qué usamos esa frase. Es más, deje de pensarlo y ayude un poco a la tarea de hacer aspavientos para que se marche el camarero, sin llevarse la margarina por supuesto.

El segundo, es un señor alto, que lo mismo sale con un paño de cocina en la cabeza que con un paño de cocina en la cabeza. Si, si, es lo mismo, pero así nos va con este elemento. Transmuta su parecer en un camarero de exquisito trato y acento empalagosamente cinematográfico (es la adjetivación doble más larga que encontramos). Por retirada siempre pide propina y trata con cariño infinito a los comensales mientras se despide. En su lugar, cuando no está, suelo aparecer yo. Y tenemos esa sensación "supermaniaca" o "arácnida" de no estar nunca presente cuando sobrevuela por la mesa el señor del trapo de cocina en la cabeza. Aunque a veces, sale también con un trapo de cocina en la cabeza. Un día de estos se lía parda.

El tercer camarero, es una chica, que siempre llega a la mesa con los brazos cruzados por detrás, y nos sorprende con algo que esconde. Puede que crema de vinagre de módena o simplemente sal. Por lo general se enfada bastante cuando la confundimos con Advertising que en esos momentos está cepillándose los dientes o lavándose las manos en el servicio. Esta camarera es de corazón dulce, pero a todas luces, fácil de enojar. A cada descubrimiento que nos hace, al descruzar sus brazos, solemos ofrecer propina, sin que lo pida ella.

A veces... uno de nosotros lidia con dos camareros a la vez, y luchamos por que no se coman la comida de la mesa. Otras tantas, comemos a solas... echándoles de menos, y con sólo pensar en uno de ellos, se manifiestan los demás, en ámbitos consecutivos y no coincidentes.

Un día, inexplicablemente, desaparecimos sin más y en un universo paralelo hubo convención de camareros en la cocina, en el que se sabían unidos, flotantes, y sin un vínculo preestablecido entre ellos.

La verdad, eran extraños.

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2 comentarios · Escribe aquí tu comentario

M

M dijo

Precioso. Todo, todo.

7 Marzo 2011 | 05:31 PM

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