Y

Toda la noche jugando delante del ordenador, en una casa que no era mi casa, una silla que no era mi silla, un ordenador que no era mi ordenador.
Sobre las 6 solté el joystick, agotado él, agotado yo. Satisfecho de las misiones cumplidas.
Me levanté sin tocar la silla, dejando que lentamente se deslizase trás de mí, al tiempo que mis piernas se verticalizaban y empujaban despacio el asiento del X-wing. Estiré los brazos en V, y como si tiraran del resto de mi cuerpo me alargue en busca del techo poniéndome de puntillas. Iluminé mi reloj Casio y viendo la hora, se redoblaron las ganas de dormir.
Giré sobre mi eje vertical, y di unos pocos pasos hasta caer horizontal sobre el sofá del salón, alumbrado tristemente por la escasa luz que diagonalmente entraba por el inmenso ventanal de esa casa, que no era mi casa.
La luz provenía del futuro sol. Ese que vive detrás de la montaña.
Amanecía, claro, pero casi sin despertar a la ciudad, a la acera, a la casa que no era la mía.
Claro.
Tumbado bocabajo, aún rondaban en mi cabeza cientos de estrellas cósmicas, así que me giré sobre mi eje horizontal intentando fijarme en algo más real y cercano. Mi bicicleta. Apoyada en frágil equilibrio sobre la mesa del salón, a pocos centímetros del sofá.
Refulgentes se veían las llantas, los radios, las manetas platinas de frenos y cambios. Las letras que deletreaban la palabra C I G N A L...
Y en esas estaba, cuando se encendió la luz de la cocina, y alguien de la casa, simple y llanamente montó una cafetera y se sentó sobre un taburete naranja a esperar.
A esperar el café borbolleante.
Desvelado, me levanté del sofá, entre a la cocina y trabé conversación con el artífice de ese olor poderoso y fantástico... bebí una taza de café solo y volví a estirarme, esta vez sobre el taburete.
De un salto me puse en pie, para acto seguido y muy despacio, casi como si estuviera enhebrando un hilo de color azul en una aguja de coser, procedí a levantar mi bicicleta (azul) en vilo, y sacarla de aquella casa, que no era mi casa, sin golpear ni puerta, ni reja, ni adoquín que acompañaba hasta la acera. Hasta la costura de la ciudad.
Con la claridad despuntando en algún lugar, subí a la bici y a ritmo constante, calle tras calle, en solitario, subí durante 9 transversales, hasta la falda de la montaña. Allí en el anticenit del sol.
Bajé de la bici con la respiración agitada, en enorme contraste con la inamovilidad de todo. La ciudad tumbada horizontalmente a los pies de la montaña. La montaña erguida. La luz, despeñada por la montaña, iluminando claramente, la palabra CIGNAL de mi bicicleta...
Claramente.
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... dijo
Probablemente ya lo hayas visto, se trata de un vídeo rodado por Martin de Thurah para el pabellón de Dinamarca en la EXPO de Shangai
También podría ser un "bicipoema" que recuerda a algunos de tus post.
http://vimeo.com/15974441
16 Febrero 2011 | 01:06 PM