La ciudad excéntrica

Giro por escalera de piedra que da al puente de Segovia, pero no voy al puente de Segovia sino que lo dejo sembrado a mi espalda.
Se entiende esto de señalar una dirección que todo el mundo conoce, y decir luego: pues eso no és. Es lo contrario.
Dejo el empedrado, la espiral de piedras, y presiento que algo va a suceder en la calle Mayor. Son demasiados días sin pisar las calles de centro y una sensación de "algo tiene que pasar por fuerza" me invade desde dentro.
Se entiende esto de usar la palabra invadir en sentido contrario, cuando todo el mundo sabe que las invasiones siempre vienen de fuera. Pero no: yo me invado a mi mismo.
Entro en la cafetería del Instituto de Cultura Italiano, buscando café y mirar por mirar. En el fondo está la barra, atendida por un camarero con el delantal bien puesto y muy cerca de la puerta, hay una chica que estudia italiano junto a un montón de cigarrillos apagados, dando sensación de llevar allí toda la tarde. Toda la semana.
Son las 6:51 pm.
Y miro el reloj no para constatar el tiempo que ha pasado, sino el que pasará, ya que he dejado el coche aparacado en zona azul y quiero saber lo que tardaré en tomar el café, mirar por mirar y presenciar lo que tiene que pasar.
Se entiende esto de mirar el reloj, para controlar el tiempo que aún no ha sucedido, sobre todo cuando todo el mundo desconoce la importancia que tienen los parquímetros de Madrid en los tiempos que corren. Sobre todo cuando el ticket marca que a las 7:02 tengo que estar de vuelta.
Ciudad que avanza inexorable sobre mí, mi tiempo y el empedrado que lleva a la calle Mayor nº 86.
Cojo mi café y me siento de tal forma que mi ojo derecho queda al lado de la chica y sus cigarrillos y mi izquierdo al lado del camarero y su delantal. No estoy exactamente en el centro, pero ¡oye! como si lo estuviera.
Se entiende esto de la excentricidad, sin más.
La chica se levanta y camina hacia el camarero, juntando mis ojos, mientras de una bolsa mis manos extraen sigilosamente, una por una, diferentes partes de bicicletas. Las compruebo sobre una mesa de madera de seis personas, que momentáneamente es toda para mí. Algo va a pasar.
El camarero aguanta la respiración antes de responder a la chica, que pregunta cuánto debe.
Son las 6:65 pm.
Se entiende que son las 7:05, pero me niego a abandonar las 6 hasta el desenlace. También sucede que el parquímetro va en mi contra.
"Tu café lo pagó el chico que se sentaba en aquella mesa del rincón"...
La chica se queda muda desde las 6:67 hasta las 6:67, y en ese lapso de tiempo recojo todas las partes de bicis y las guardo muy despacio en una bolsa amarilla multicolor, típica de la tienda de bicicletas que habita debajo del puente de Segovia. La ciudad se desmigaja en torna a la calle Mayor y el empedrado que lleva al puente de Segovia.
Me levanto, y al pasar al lado de la mesa del rincón, constato que sí... hay una bufanda solitaria colgando del respaldo de la silla.
Una bufanda por fuerza.
/



isabelius dijo
¿qué pasa si hoy me he encontrado en el último rincón del autobús una bufanda abandonada? o dejada a modo de señal?
(igual me han pagado el café que no me he tomado...porque la cafetería cerraba a las 4:58...).
5 Noviembre 2010 | 01:23 AM