La silla (otra)
Un insecto hace sombra sobre la luz que salta (que escapa) de un escaparate comercial, y una sombra gigante y cinética se proyecta sobre la acera. Es un momento raro, que junta lo mundano con lo trascendente, perfecto para aquellos ojos que tienen sed de luz, de alas y de coincidencias.
Gervasio rompe la magia de la escena al pasar entre la proyección de la sombra y los adoquines de la Plaza de San Andrés. Como el público que llega tarde a una sesión de cine y se interpone a la luz del proyector. Gervasio, Gervasio... con su cigarrillo en la mano.
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Una silla (otra) es rescatada de una zona de derrumbe, y es transportada en una bicicleta.
Un mueble útil para sentarse (otro) es extraído oportunamente de un edificio condenado, y es desatomizado y felizmente reconstituído sobre una bicicleta convertible que transformada ahora en una quimera mitológica, avanza deslumbrante por las calzadas romanas de una nueva ciudad.
Y Gervasio, mientras tanto, camina y exhala un pitillo a medio consumir, a la vez que transforma una ciudad en simplemente Madrid.
Como quien mira, al lado opuesto de la pantalla blanca del cine, y ve sólo personas concentradas que miran a un mismo lado.
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Caminábamos por la plaza de San Andrés con la silla en la espalda. Nos acercamos, miramos a los lados, nos aseguramos que no hubiera nadie. ¿quién será su nuevo dueño? Y mientras la colocábamos cuidadósamente sobre el contenedor, imaginamos que la llevaban por decenas de calles hasta una casa. Nos sentamos, una última vez, la imaginamos en su nuevo hogar, y mientras el tiempo transcurría la silla nos miraba ilusionada por haber sido rescatada de un edificio en desgracia y dejada en las manos de un futuro protector y humilde que estaba por llegar.
La dejamos.
Y nos sentamos a esperar (como quien espera a que se apaguen las luces y empiece la película)... no intuíamos a Gervasio.
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Esperando, pensamos que queríamos saber más, sobre el final de la historia... pero las historias, a veces, no son como lo esperas, ni siquiera en la extensión de sus capítulos. A veces las historias, no son historias, así como una butaca en el cine, no es cine. Es sólo una butaca.
Así que volvimos a la silla, a dejar una nota,... a escribir un epílogo.
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Y apareció Gervasio, con un cigarro en la mano, clavado entre dientes, delante de la silla, mirándonos sonreído... y sin decir palabra, cogió la silla con brío (con la mano que no tenía el cigarrillo) y dijo con voz muy clara: "me la llevo", y se marchó, doblando la esquina para perderse de vista.
Y allí nos quedamos; pensando en el cine.
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Después de un rato,
felices de que la silla
empezara su nuevo viaje,
unas calles más abajo,
vimos esto: una butaca.
Ai, Gervasio y su cigarrillo; en simplemente Madrid.
Aquí acaba la tercera y útlima parte.
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