La casa inacabada, empezando por la ducha

Miro, miro y remiro.
En casas ajenas siempre me parece mejor la disposición de todas las cosas. Mejor que en la mía. Aquel gancho que luce mejor puesto, ese orden de las tazas en la cocina, éste entramado de los libros en la biblioteca. Si parece que hasta el desorden, digo yo, está mejor estructurado.
Y tomo nota mental de lo que veo. Y regreso a casa con lo deberes apuntados en una servilleta.
Servilleta que por cierto, luce muy bien y es fácil de encontrar.
Las naranjas más cerca del fregadero.
La sal y la pimienta sobre la balda de madera.
Una balda de madera al lado de la mesa.
Una silla plegable que haga esquina en la mesa.
El triangulo imaginario que hacen las toallas colgadas en el baño de invitados.
Llego a casa, y presiento antes de traspasar la puerta, que vivo en un borrador milimetrado. Un proyecto inacabado de hogar. Una torre de cajas que simulan ser una mesa de salón.
Me recuerda, esa sensación de cuando te duchas, estiras la mano y de ella salen chorretones como los de la ducha, y aparentas que tu mano es una ducha, una regadera estupenda, de la que surge agua del interior de tu brazo; pero resulta que esa mano no es ducha, ni regadera, ni es nada. Es una mano, que fuera del baño, es una mano, y que no tiene tiento ni aproximación para convertir en hogar, un punteado intermitente sobre una servilleta.
Y es que además, la mano como símil, ni se aproxima, ni es símil, ni es nada que se le parezca a esa sensación que intenta delinear, es simplemente una torre de dedos apilados que hacen bum sobre la mesa... (la mesa de madera, al lado de la balda, sobre la que orbitan las sal y la pimienta, que observan las naranjas)
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