Mistral

Me agarra de la mano, sin agarrarme.
Se sienta a mi lado y comienza a hablar como si lo hubiéramos dejado en una pausa hace algunos minutos.
Habla de cabos marítimos, de faros, de hidroaviones, de la guerra, de las guerras, de los musulmanes, de los vikingos, de cómo para avisar que se acercaban los piratas, se contrataba a hombres que estuvieran dispuestos a vivir en lo alto de la montaña de la isla para que avisaran.
Con fuego.
Humo de día.
Resplandor por la noche.
Me habla de cada fuerte, designando colores, iconos visibles, aquella torre blanca, aquel faro, aquella construcción amarilla. De lo que aconteció hace pocos años, y muchos, y más que muchos. Saltando por los siglos. Por Barbarrosa, por bahías y calas, por herramientas de guerra, por tácticas astutas y pendencieras.
Me habla del cabo que se cierra naturalmente y de cómo el viento no tiene nada qué hacer contra nosotros. Que el viento malo viene del norte y que el del sur también lo és, pero no tiene tanta fuerza.
Le digo que tanto ir y venir de piratas y vikingos ha de ser porque se aburrían, y dice muy seriamente: "así sería el hambre que tendrían".
Se levanta y se va de nuevo.
/
