404 o No encontrado

En el autobús abriendo surcos entre estepas frondosas de olivos y árboles de caucho abro el libro y me dejo caer hacia dentro. Llego hasta la habitación 404 y me extraña todo lo que allí se encuentra. El personaje de Kaoru me gusta por encima de todos a pesar de que todo es incompleto. Al bajar del autobús me quedan unas pocas páginas para acabar pero lo dejo estar.
Lo dejo estar hasta el día siguiente, ya de vuelta, con el calor de mediodía. Acabo y abro otro libro, escogido al azar de la enorme y ajena biblioteca de nogal. El Laberinto de las Aceitunas. Allí también el protagonista entra en una habitación de hotel numerada como 404. Como el error de No Encontrado de una página Http. Vaya coincidencia.
¿Será una señal para que lo deje?
No soy supersticioso. No. Pero. Lo dejo.
Al azar elijo otro libro de la biblioteca de mi casa transitoria. El libro de un escritor argentino.
Año 1984. Cuando la dictadura de Argentina acabó, y entrevistaban al escritor retornado en una esquina de Buenos Aires, hablaba de lo mucho que extrañaba a su buen amigo el pintor-artista Emilio Tracatrá. Con la luz roja de record delante, mientras el cámara grababa sus expresiones y frases de lo mucho que echaba de menos a su amigo, una sombra se acerca por detrás, y al apagarse la pequeña luz enrrojecida; Emilio Tracatrá aparece coincidencialmente, proveniente de un paseo azaroso por las calles de su amada capital. El protagonista se queda lívido. Y yo con el 404 en Buenos Aires. Y Emilio Tracatrá, una vez enterado del suceso no sabe si es un sueño todo aquello, mientras se funde en un abrazo con su viejo amigo. Años y años de exilio y se encuentran en la habitación 404 de una esquina.
404 nos lleva a una página fuera de foco.
Cierro el libro, sitúo los tres ejemplares en cada lugar de su estantería y me dejo de revelaciones literarias.
Y de tonterías.
Yo lo que quiero es bajar a la playa, meterme en el mar y sentir la corriente cálida de la superficie y la fría, casi helada, de más abajo, rozando el fondo.
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