La Coctelera

Swibel

11 Agosto 2009

una Bicicleta entre filas de coches

Voy bajando por Castellana sobre la bici, 22:30, y al fondo, muy al final de la larga avenida, se intuye Atocha... y en esas estamos, cuando un relámpago cruza celeroso el cielo y parece caer sobre el pararrayos abombado de la fachada de la estación, que adivino a lo lejos. No lo veo, lo adivino. Porque yo estoy en el otro extremo de la ciudad a punto de que la mitad del cielo de Madrid caiga sobre mí y mi bici, en forma de aguacero.

Recuerdo que me impresionó mucho que subiera hasta la universidad, únicamente para elaborar un guión de teatro. Teatro para niños. Contar cuentos. Ella me gustaba una barbaridad, pero era un imposible. Muy mayor, muy tallada en la vida, muy construída, muy instruída, muy delicada, muy generosa... y todo eso me asustaba con la misma fuerza que me atraía. Cosas menores de pequeños. Desde la terraza de la cafetería la vi bajarse del volkswagen escarabajo y agitar la mano saludando mientras cerraba la puerta del coche. Bandolera al hombro, vestido hasta las rodillas, zapatos azules. Me dedicó toda la atención como si fuese a morirse al minuto siguiente. Y una vez acabado el guión, se bebió el café (ya frío) de un sólo trago y con una sonrisa se marchó. Agitó la mano mientras abría la puerta del volkswagen y se marchó. Desde entonces, siempre he querido tener un volkswagen. Escarabajo.

Llego a Atocha y empieza a llover despacio. Me meto en un bar y pregunto si puedo entrar con la bici. La camarera duda, y me dice que no. Insisto, y mientras lo hago aparece la dueña del bar, me mira de arriba abajo, y sin decir nada mira la bici que espera afuera. "¿Meter la bicicleta?", dice, "... ni hablar". Es una mujer alta, poco atractiva y contundente. Le insinúo que no estaré mucho tiempo. Me concede el deseo. Literalmente dice: "Métela cinco minutos nada más". Una caña. Y mientras repaso las líneas del diálogo miro el reloj, no vaya a excederme con el deseo concedido.

Me había pedido que le acompañara el sábado por la tarde a lavar el coche de su madre. Un Ford Zephir azul del que recuerdo especialmente el olor de sus asientos. Era entrar y te invadía un nosequé de buen gusto, de ganas de sacar el brazo por la ventanilla y conducir hasta el parque más cercano. Y el más cercano. Y más cercano. Recuerdo nítidamente pequeños detalles de esa tarde: una manzana verde sobre el techo del Zephir (un regalo sorpresa), su mano tentando mi brazo, y lo mejor de aquellas horas: "¿quieres aprender a conducir?". Fue mi primera lección y recuerdo que esa tarde me enamoré de The Logical Song y de Supertramp, que era la cinta que iba puesta dentro del Zephir.

Voy más ligero de lo que podía estimar, después de tantos días sin dar pedal. De Atocha a Plaza Castilla, la avenida es en subida. Y me cuesta menos de lo habitual. Me da por pensar en Volkswagenes y Zephires, y seguro que hay alguno rebasándome en ese mismo instante por los carriles laterales de Castellana. Llueve. Me mojo todo lo que de mí, mira hacia el cielo de Madrid. Me expongo. Y pienso que es irónico que a pesar de que quería evitar la lluvia, y he esperado hasta muy tarde para salir después de los chubascos de la tarde, el aguacero se empeña en seguirme Castellana arriba. Es la respuesta a lo de seguir o no seguir. Inevitablemente la lluvia te alcanza y te abraza. Intento recordar la última vez que me llovió sobre la bicicleta, y no puedo.

Cuando llueve sobre dos ruedas, cada grado de inclinación cuenta, y cada rotonda que aparece delante es un pequeño monte nepalí a escalar. Y da miedo caerse. Hasta los huesos de la bicicleta tienen miedo. Cuando llueve, ha de controlarse mejor el pedaleo para no derrapar, y la fuerza de frenado, para no resbalar. Cuando llueve, a pesar de la entropía, es cuando más hay que instrumentar todos los nervios, músculos y jadeos.

Y una vez logrado, bajo la lluvia, se puede cerrar los ojos sobre la bicicleta, el tiempo intermedio entre un relámpago y lo que se tarda en beber una caña dentro de un bar. Es decir, cinco minutos.

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