dolor
un día toca, y ya.
justo el día (de la semana) que más centrado estoy (al fin), justo ese día llega la raya.
son las 10 de la mañana y asciendo despacio dentro del coche, con las ventanillas bajadas, se notan los 10 grados de menos respecto a la ciudad.
dentro de las sucesiones de pensamientos, antes de entrar a la gasolinera me digo: hoy estoy atado.
sin cabos.
gasolina de 95, suena mi móvil y antes de que lo coja; la chica encargada me echa la bronca por amagar el intento de atender el teléfono. está bien. lo dejo.
llego al campamento base.
atado.
dejo el coche y subo a la bici.
mientras, asciendo el puerto, veo las pequeñas cicatrices en mis piernas; causadas por los pedales (de la semana), platos dentados (del año), cadenas (de hace 10 años), tubos de aluminio de 10 mm ( de toda la vida), cables de acero trenzado (de antes que yo mismo)...
¿qué son las rayas para el tigre?
¿qué es una más, de entra tantas?
y entonces, el descenso... y la raya.
la montaña.
el dolor.
mientras desciendo con las ventanillas bajadas del coche de un desconocido, pienso en el dolor.
y que la frase esa de "esto me va a doler más a mi que a ti" nunca es cierta. y que de paso, si ni siquiera te la dicen, es que desatado vas a estar un rato.
pasado el dolor, me pregunto qué ha sido esa montaña que me ha pasado por encima.
dentro de las sucesiones de pensamientos que tengo mientras regreso a casa con las ventanillas bajadas me digo: hoy me he parido otra vez.
sin cabos, también.
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