La Coctelera

20 Mayo 2009

Llav ------- e

Domingo (22 horas despierto).

Veo amanecer dentro del coche.

Me acuerdo de esas noticias que solía escuchar cuando me despertaba con la radio; que te indicaban la hora exacta en la que salía el sol.
6:23 de la mañana. Y sale el sol.

Tengo que hacer tiempo, antes de regresar a casa a dormir. No tengo muy claro el plan, pero tengo que esperar a que sean las 9 en punto, hacer una llamada por teléfono, cruzar los dedos, esperar un poco y por fin volver a casa a dormir. Suena complicado pero es de una simpleza que te madruga.

No tengo muy claro a dónde ir con el coche, ni qué hacer hasta las nueve de la mañana.
Me detengo, pongo las luces de emergencia que luchan contra la oscuridad que queda y enciendo la radio.
6:33 de la mañana y el sol ha salido. Pero sólo se presiente.
Decido ir hasta mi casa y, ya que no puedo entrar, buscar un refugio que por cercanía sea también eso que denominamos casa. Por extensión y por las leyes naturales de Smith que dice que sólo lo que nos es cercano nos duele, y según aumenta el radio menos nos importa. Así hasta llegar a la muralla china donde todo deja de doler.

Pero buscar una cafetería no es tan complejo. Es muy simple.
Voy hasta casa y me voy moviendo en espiral buscando una cafetería. Son las 6:54 de la mañana.
Pero no hay ninguna cafetería abierta. No las que conozco.
Mentalmente trazo un plano de cafeterías. Siempre cercanas. Y empiezo a alejarme de casa. Diciéndome que no estará tan cerca, ni tan lejos. La cafetería.
En espiral.
Voy dentro del coche, concentrado buscando una cafetería abierta. Tanta concentración me mantiene despierto. Y eso es bueno. Desear el café, cambiar los mapas, alejarme de casa, ver trazado el cambio de lo oscuro a lo claro.

Me sorprende lo lejos que he llegado sin encontrar una cafetería abierta. Estoy bajando por la Castellana, bastante lejos de mi casa y son casi las 7:00 de la mañana. Y cafeterías abiertas: no hay.
Me detengo. Pongo las luces intermitentes e intentó recordar alguna cafetería que esté abierta a esas horas. Con todas mis fuerzas y concentración posibles. Cafeterías, cafeterías, cafeterías. Todas las que conozco suelen abrir a las 9 de la mañana. Y a esa hora estaré cruzando unos dedos al teléfono dando una explicación descabellada de por qué no puedo entrar en casa.

Y sucede. A las 7 y 11 minutos, me convierto en un taxista.
Pienso como taxista, con otro mapa, con un coche que no es azul, sino blanco. Con un callejero y un arma en la guantera. Cafeterías abiertas un domingo; fácil: hospitales, terminales de autobuses, de trenes, aeropuertos. Soy un taxista. Lugares absolutos en los que la mano de Smith no llega. Donde no es lo simple o lo complejo sino el café, lo que importa.
Estoy a mitad de Castellana y lo mismo me da Chamartín que Atocha. Y voy en mi coche blanco en busca de algo que me haga estar despierto. Hasta las nueve de la mañana, cuando haré una llamada que me abrirá la puerta.

Sin embargo. Sucede de nuevo. Son las 7 y 35 minutos y ya no soy un taxista.
Soy un basurero y me cruzo con el camión de la basura. Que va rumbo a Cuatro Caminos. En busca del café de domingo por la mañana.
Voy conduciendo un camión verdiblanco de 12,5 Ton (TARA) y la cafetería está justo en la glorieta de Cuatro Caminos.
El Paraíso del Jamón III.
Aparco el camión. Me bajo, miro el reloj paradisíaco de leds rojos: 7:42, entro, pido café y me suman unas porras. 1,90 euros por todo. Me siento. Al lado de basureros simpáticos. Relajados. Chóferes de Metro. Taxistas. Jardineros. Y Smith.
Todos en busca de café.

Bebo un segundo café, pago y salgo de la cafetería. Me subo al coche azul. Reclino el asiento. Abato la cabeza. Miro el reloj. Son las 8 y cincuentaysiete.

Dormiré tres minutos, llamaré a mi casera, cruzaré los dedos para que no esté de viaje, daré una breve explicación surreal, buscaré la llave, abriré la puerta y me dormiré hasta que amanezca otra vez, dentro de casa.

Esto, y todo lo demás antes de las nueve de la mañana, es lo que hay que hacer cuando rompes la llave de casa haciendo palanca en la oscuridad más absoluta lejos de casa.

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