Cientos de miles de kilómetros en la gasolinera
Paso la tarjeta por el sensor. Atravieso las dos hojas de vidrio. Empujo la puerta acristalada. Bajo los 30 peldaños. Cambio el paso sobre los adoquines de la acera. Subo. Miro a la derecha, y a la izquierda. Cruzo la calle sobre el asfalto. Saco el móvil de mi bolsillo y sin verlo lo abro con la mano derecha. Desbloqueo el modo "sin sonido" sin mirar. Cierro el móvil. Lo meto en el bolsillo de mi chaqueta, y con las mismas (ya que habita en el mismo hueco) extraigo la llave de mi coche. Doy al botón, mientras doy el último paso que me sube a la acera. Se abren los cuatro pasadores con un sonido seco y familiar. Abro la puerta. Coloco la llave sobre el salpicadero. Me quito la chaqueta y la lanzo al asiento del copiloto donde cae desmadejada. Entro al coche y con la puerta abierta y una pierna dentro sobre el acelerador y otra sobre la acera, vuelvo a recoger la llave y la meto en el contacto. Introduzco en el coche lo que resta de cuerpo y cierro la puerta con un golpe estruendoso. Enciendo el coche, y mientras bajo las dos ventanillas (ya que hace buen tiempo) prosigue la canción donde la dejé esta mañana. Y donde se quedó en mi cabeza. Sincronizadas. Como las ventanillas. Suelto el freno, también el acelerador, un juego de piernas conjuntadas, meto el embrague, pongo la marcha atrás y miro por el espejo. Giro el volante, giro el volante, giro el volante, giro el volante, giro el volante, giro el volante, giro el volante, giro el volante, giro el volante, giro el volante, giro el volante, giro el volante, giro el volante, giro el volante, giro el volante, giro el volante, giro el volante, giro el volante,...
Y de repente me encuentro en una gasolinera a miles de kilómetros de distancia.
Concentrado en recargar aquello que me lleva y que me trae.
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