Madrid descriptiva

La chica no para de hablar y todas sus frases empiezan con la coletilla: "¿puedes creer que...", y ese runrun me hace desconectar.
Tres metros más atrás, siguiendo el mismo vector, un chico abraza a dos chicas una de la cuales mira a un barbudo calvo que bebe un botellín recostado de la barra y que oye el lamento del barman al que le han colao un billete falso de veinte euros. Dos pisos más arriba, ascendiendo por el eje Z, un violinista irlandés (si, de la familia de los Mc Mutton), toca música irlandesa para un subsahariano que no pasa frío. Trazando una diagonal que sale del edificio, dos manzanas más atrás un chino deja impecable su escaparate mientras dos ciclistas hablan delante de una bici plegable admirando sus propiedades. A su lado en otro restaurante chino, una comensal se desdibuja entre las verticales rectas paralelas de dos centímetros de ancho por dos de espacio. Dando giros en espiral, y subiendo por Gran Vía, un cartel de una exposición oriental se sincroniza con el mismo cartel en la puerta del Conde Duque en el punto opuesto de una matriz de 5x5. En la misma acera, a 120 milímetros una chica se pierde en un vortex blanquinegro, mientras va bajando por Gran Vía un hombre viejo, que deja a su costado un graffitti de Murphy, alabado y exacto dibujante que hace "m" días ha pasado por allí.
Regresando a ras de suelo hasta el principio, bordeando los 25 cajeros automáticos de la avenida, vuelven todas las imágenes hasta la cámara y sus coordenadas, y allí entonces la última instantánea se dirige hacia el techo y a la boca del frío botellín de cerveza, dejando hacer a los cientos de destellos, como láseres rojos, que ocurren en el cubículo donde habitamos (temporalmente).
Elévese todo a la potencia de dos.
Claro, un viaje siempre es de dos.
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adastra dijo
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19 Marzo 2009 | 02:30 PM