Viva la complejidad
La complejidad es una cosa preciosa.
No. Espera. Quiero decir valiosa.
Que todo se vuelva más complejo cada vez, cada día (si no eres un japonés con jardín de arena) es una cosa buena. Y entenderme, no estoy dando de lado, la filosofía Conny Mendez de que lo sencillo es simple. O viceversa. Sidharta era buen ejemplo al fin y al cabo. Pero también Harry el Estepario.
No. Espera. Quiero decir el Esperario.
Ahora en serio: quiero decir, casa.
El caso es que en casa, las relaciones con todo, se complejizan. Y eso está bien. Se incrementa en el nivel de aciertos que tiene Pablo en los primeros niveles de Farm Frenzy, y cómo avanza. Hay una escalera de niveles por delante. Nos movemos en dirección al vortex. A la complejidad. Se hace inevitable que además de un huevo frito, avanzamos hacia la tortilla. Que no es sólo dar al botón de clic, sino también enfocar. Por ende, ya empiezo a salir en las fotografías de casa. Que el lego tiene variantes inesperadas y por ende necesitamos más piezas raras. Que el DVD funciona más allá del botón de X y que también hay triángulo y círculo. Que la tradición oral sobre cocodrilos y vacas selváticas puede enriquecerse a dos voces, con una historia de giros graciosos. Un cocodrilo que se cree una vaca tiene un final curioso. Que el teléfono se sostiene con el hombro. Que ya podemos dejar atrás a Armstrong y saltar a los Beatles. Que hay placas solares para envases reciclables. Que podemos crear un paraguas que recoge el agua.
Mientras la complejidad aumenta, todo es más divertido e interesante. Como en el Farm Frenzy.
Y claro, esto no es sinónimo de orden.
Por el contrario. En casa hay un caos absoluto, como nunca lo ha habido.
No. Espera. Como en el jardín de arena de un japonés.
Así de complejo.
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