La Coctelera

14 Enero 2009

Breve historia de una etimología singular

A Isabel.

Soy un pollo.
Y esto no lo decidí yo. Ni siquiera mamá gallina.
Lo decidió sin duda alguna mi tatarabuelo Eustoquio Uzcátegui que dejó su garito situado en una alta montaña, y bajó para abajo.
Bajó tanto que llegó hasta la selva nublada y profunda de un lejano país sin relojes, ni rifles.

Es 1958.
Mi madre, corre por el patio de su casa huyendo del cinturón amenazante de mi abuelita Mª Eugenia. Acaba de casi-sacarle-un-ojo a una compañera de clase, muy malasangre por cierto, a la que emboscó en la selva con ayuda de sus dos hermanos. Uno mayor y otro menor. Uno que no está y otro que está dos veces. Mis dos tíos gallitos.

La técnica de desojado (sin hache) consistía en sostener una cerilla o fósforo sobre la raspadura lijosa de la caja con una sola mano y con uno de los hábiles dedos (normalmente el corazón) dispararla por los aires, al tiempo que su cabeza roja restallante y polvorosa volaba elípticamente hasta la diana-cara de la víctima. Coromoto.

Y es así como casi-le-sacan-los-ojos a la Coromotico. La antipática compañera de clases que tiene la mala suerte (la mala espina, la mala sangre y muchas otras cosas malas) de poseer y restregar la única caja de lápices de colores en aquella selva tropical.

Coromotico, que más adelante sería amiga inexcusable de mi madre. Pero esa es otra historia.
Por ahora vamos al pollo.
O sea yo.

Largo fue el castigo por aquello de las cerillas gavioteras, y entre muchísimas e infinitas tareas, a mi madre le encomendaron la malhabida labor de deshuevar a las gallinas del corral. Esto es: recoger los huevos listos. No los tontos. Los listos.

Allí, en el corral, hizo nuevos amigos. Mientras sus hermanos dejaban de correr descalzos por la selva y se subían a unos modernos caballos denominados motos Kawasaki de 125 CC. Mis tíos. Los gallitos del corral.

El caso es que, entre tanto trajín granjero, mi mamá se enamoró un gallo.

El mejor trigo, los mejores mmmm mmmm mmmm mientras recogía los huevos y los ponía en la cesta eran para ese gallo. Se despertaba antes que él nada más para escuchar espabilada su bonito kikirikiiiiiIIIIIiiiii. Y por supuesto, con los codos apoyados en el ventanal de su cuarto. Suspiros iban y venían por ese gallo que pronto murió bajo las ruedas de mis tíos en un alarde motorizado no autorizado en el patio de casa. Eran los dos muy gallitos y su kikirikí era más retumboso.

Sin embargo, aquel gallo dejó descendencia. Y herencia nominal. Un pollo muy mono al que mi madre le puso un nombre secreto y al cual ponía un lazo azul enorme y rimbombante para pasearlo por todas partes, casi todo el tiempo. Le sentaba en la mesa, le hablaba como a un niño, le daba de beber en un vaso especial y sus bolsillos (los de mi madre) siempre iban llenos de trigo dulce, jugoso y gordo. Según mi abuela, sólo le faltó llevarlo a misa los domingos. Le hacía la ropa, le enseñaba a abrocharse los botones, a montar en bicicleta, a mantener pequeñas conversaciones.

Pio, pio, pio, pio, pio, pio, pio, pio, pio, pio, pio, pio, pio, pio, pio, pio, pio,...

Pero un día...

uy, un día...

Como ya adivinaréis, un día...

Un día mi abuela sirvió en la mesa una fantástica sopa de pollo... y lo demás ya es historia. Historia que os pueden contar mis tíos mientras se vuelven a rechupetear los dedos. Acabando con el dedo corazón.

Así entonces, por un breve lapso de tiempo, mi madre quedó destrozada. A edades tan pequeñas, el refrán de hacer de tripas (de pollo) corazón como que queda bastante cuesta arriba.

Con el tiempo, mi madre superó con madurez exquisita el trauma y dejó muy atrás todo aquello. Fácil es imaginar que vivir esa experiencia hizo a mi madre crecer a pasos agigantados. Con el tiempo se hizo cargo del cafetal, de las heridas motorizadas de sus hermanos, de la cocina de mi abuela, de la corrala, de los espesos matorrales, de su futuro marido, de su trabajo, de su carrera... y de alguna que otra lección de guitarra y contrabajo. Allí donde se hacía importante la fuerza del dedo corazón.

Ya hecha una mujer, y cuando éste que escribe apareció en su horizonte... en un alarde de nosesabemuybienqué... me llamó Carlos.

Como aquel Carlos, al que vestía con un lazo azul y que acabó devorado por mis tíos sobre una mesa de mantel precioso.

Su pollo Carlos, que tiene muchas proyecciones e hilos sucesivos dentro de su larga vida, como una marioneta de la que inexcusablemente todas las extremidades y grados de libertad penden de un solo hilo.

Y que como todos sabemos, mueve el dedo corazón.

/

servido por swibel 3 comentarios compártelo

3 comentarios · Escribe aquí tu comentario

Isabel

Isabel dijo

A dos pollos.

Creo que la malhabida labor de deshuevar a las gallinas del corral, (recogiendo los huevos listos), es un castigo aplicado de forma común por nuestros ancestros. Porque yo también soy un pollo. Y ni tú ni yo, somos los únicos…Hay por lo menos un tercero...

Tres pollos…en un cielo con botones en lugar de flores…

Tres pollos con paracaídas…

Tres pollos con pizarra y pequeñas tizas de colores…

Con lazos azules y bicicletas…bicicletas y pinos.

Seres capaces de expresar en un cuento las palabras más fantásticas del mundo. Y REGALARLO.

Seres capaces de hacer girar el mundo (mi mundo), de corazón (tachado), corazón (ahora está bien escrito, en negrita).

Ojalá (en cursiva) alguien más descubra, que seres tan pequeños son tan grandes a la vez.

GRACIAS, pequeños grandes pollos. (Pio, pio, pio,…).

Isabel.

14 Enero 2009 | 10:24 PM

El tercer pollo

El tercer pollo dijo

Menuda has montado en el corral, Carlos.. Y yo con estas plumas…

Pollos, gracias a los dos… He disfrutado mucho viéndolo todo desde la barrera…

Y gracias a Coromotico, que sería antipática, pero sin ella nadie hubiese dicho ni pío…

15 Enero 2009 | 12:18 AM

swibel

swibel dijo

Isabel... (reverencia de cabeza)
Tercer pollo... (reverencia de manos)

Un placer de maíz. Ha sido muy, muy, muy divertido.

Y no digo más.
Sólo pío.

/

15 Enero 2009 | 12:31 AM

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