Las ciudades son historias (iii)

Es Invierno.
Desde hace tres años.
Quiero decir: hace tres años de ese invierno.
Imagínese una música de violín.
No es tan difícil.
Ramas desnudas, olores densos, hierba seca, frío en la cara.
Voy paseando por la Plaza de Oriente, con la cámara en la mano y me encuentro con un violinista precioso. Un joven, con preciosas ropas, entre dos estatuas conmovidas de la Plaza. Las mismas, que hizo bajar de la cornisa de Palacio un supersticioso rey.
En lo que respecta a la melodía, ésta va y viene plácidamente mientras yo hago una foto desde mis zapatos sin mirar al objetivo. Sin mirar al violinista. Todo es auditivo en ese preciso instante. Ya en casa, descubro la imagen encuadrada del violinista. Esa que está allí arriba del todo y acompaña estas palabras.
Concienzudamente, la sumo a una serie de imágenes que me propongo revelar y entregar en mano a sus protagonistas.
Pero pasan las semanas, los meses, y esa foto, junto con otras muchas, se va quedando dentro del sobre.
El violinista desaparece de la calle, según pasan las estaciones, y únicamente existe en esa fotografía. Desaparece.
Nada pasa.
Nada pasa.
Nada pasa.
Nada pasa.
De hace año y medio.
Imagínese una música de violín.
Es mucho más fácil ahora.
Es el violín de Giorgo. Un hombre viejo. Le acompaña un repiqueteo de guitarra. El de Valentín. Un hombre joven.
Un par de músicos alegres, que dan un pequeño concierto delante del museo del Prado. El más joven toca la guitarra y el más viejo toca un violín desgastado. Con mucho brío. Es una tarde aligerada en el ambiente. Me pongo de rodillas sobre los adoquines para hacer una foto, y mientras la hago el hombre del violín se enoja repentinamente. Detiene la música con un grito atroz, y empieza a increparme en italiano y a amagar violentamente con el arco y el violín. Viene a por mi cámara, busca la foto furibundamente y es decididamente torpe en cada movimiento. Se nota la confusión en su cara, en su cuerpo, en su violín, en sus ojos. No alcanzo a comprender qué lo ha enojado exactamente, ¿la foto?, pero supongo que es por algo que ya bullía dentro, antes de la escena que se desarrolla. El de la guitarra, con agilidad, se interpone entre nosotros y mientras le pone la mano en el pecho al violinista, me dice con tono de disculpa que el pobre hombre está borracho y que no le haga ni caso.
Espero a que se calme, y le ofrezco mi cámara para que vea la foto por sí mismo y decida si quiere que la borre. El viejo me mira, y no dice nada. Está cansado. Se sienta, sin soltar el violín. El guitarrista joven me hace señas para que me marche, y yo me marcho.
De regreso en casa, dándole vueltas a todos los hechos, me resulta curioso observar en la fotografía la desbordada alegría de un hombre y su violín. De un hombre y su guitarra. Tan extraño me resulta todo que la sumo a la serie para entregar en mano, en un futuro próximo. Y vuelvo a aletargarme,
Es verano.
Nada pasa.
Es otoño.
Y todo pasa.
A orillas del museo del Prado, nuevamente, dos músicos (un viejo violinista y un joven guitarrista) dan un minucioso concierto. Me siento cerca, cuidadosamente, y saco un sobre desgastado que habita dentro de mi mochila. Escucho. Me relajo. Espero. Me distraigo hasta que hacen una pausa. Me acerco. Miro sin decir palabra a ambos hombres. El guitarrista me reconoce de inmediato y me saluda con cariño. Como si fuese mi hermano de toda la vida. Le falta poco para abrazarme. Y el viejo me mira,... y me sonríe. Pero no me reconoce. No alcanza a recordar. ¿Quién puede recordar, cuando algo bulle dentro?. Tiene que ser el guitarrista el que lo ponga en situación. En aquella situación y en ésta. El hombre viejo, hace exactamente todos los gestos de alguien que recuerda, que se avergüenza y para corregirlo extiende su mano en son de paz. Aspavientos en italiano acompañan el apretón. Frases que suenan bonitas. Esa emoción, esa alegria. Pero a pesar de la bienvenida, me muestro serio, y únicamente le extiendo el sobre con las fotos de toda la serie de fotos olvidadas. Le digo que eche una mirada. Que hay algo en el sobre que le pertenece. Es la bandera blanca de la paz. Y el viejo violinista abre el sobre y va pasando cada fotografía muy despacio, hasta que encuentra la suya emocionado. Y dice mientras la mira y la sostiene:
“¿Me la puedo quedar?”
A lo que le digo que por supuesto, que de eso se trata. De dejarle un recuerdo.
Sonriendo, emocionado, me abraza, a la italiana, y mientras lo hace me muestra la foto del joven violinista de Plaza de Oriente, alcanzando a decirme:
“Muchas gracias,... ¡es mi hijo!”
Y me enseña la foto del joven violinista invernal que no encontré nunca más en Plaza de Oriente.
Y se sienta, al lado del violín con una sonrisa, sin decir nada más... al tiempo que el guitarrista me susurra sorprendido que el viejo no ha visto a su hijo desde hace varios años...
... y con su guitarra en el suelo, mientras nos mira fijamente, ora a su amigo, ora a mí... espera de de alguna manera una explicación serena que sólo tiene respuesta en una tercera fotografía:
/
(iii) Tercera y última de las historias de esta serie; publicadas una en Spica* y otra en Swibe/.


nadie envidia dijo
Cabronazo, LO HAS VUELTO A HACER.
Esos lazos...
(me has puesto la piel de gashina, mirá)
3 Octubre 2008 | 11:58 AM