La Coctelera

Swibel

2 Julio 2008

Sandwich en el cementerio

Hicimos un alto para comprar un snack de pescado, y luego sugirió que entrásemos en el cementerio para comer.

Sentados en un banco del camposanto, a pocos metros corría en perpendicular una calle llena de coches, paseaba gente, bicicletas, más coches, más bicicletas, más gente.

Así como debajo de mi casa hay un parque de juegos, al lado de la suya hay un cementerio. Y casi podría decirse que se usa igual. Hablamos de muerte y de religión, sentados en el banco. De cómo mientras más al centro, bajando al sur se abraza o se esconde a los muertos, se les abandona a veces, se marca esa yerba con otros epitafios, y mientras tanto hacia el centro, bajando al norte se celebra y no se conmemora. O más que convivir, se vive con los difuntos al lado de casa. Se les visita, se les pisa por encima y ellos tan contentos. Y nosotros.

La muerte, ese tema tan crucial. Y allí donde reposa, tan lleno de bancos y verde.

Mientras comía, atendía con mucho interés a todas sus explicaciones, sus comparativas, las manos narrativas, hasta que calló esperando que dijese algo luego de tragar mi bocado.

Fascinado, sólo alcancé a decir que no podía comer tranquilo en un cementerio, puestas en la balanza mi adn funerario y su diáfana explicación. Sin embargo, le aseguré que alguna tarde, de regreso en Madrid comiendo un bocadillo en el parque que está abajo de casa, lo acabaría asimilando.

Y que echaría de menos, las lápidas y epitafios de ese cementerio. Y comer allí, pisando la yerba...

en paz.

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