La (importantísima) coordinación de las berenjenas.

Doña Pascuala está atenta al programa.
Doña Cristina, también.
El joven Paco ni qué decir.
Aquella moza del quinto, por supuesto.
El africano del segundo, faltaría más.
La vieja Prudencia del bajo, ni respira.
La receta reverbera por todo el edificio.
Revolotea.
Hierve atemperadamente hasta donde huele a berenjenas.
(...)
En el estudio todo está preparado. En su punto.
Carlos Markiñano está con los fogones electrónicos que echan humo. Vapor, diríamos mejor.
No hay error posible que no se limpie con un paño de cocina.
Y también huele a berenjenas.
Todo un evento, al que aspiran miles de narices. La de Pascuala, Cristina, Paco, Esa, Aquel, Esta, Carlos,... incluso la de Ramiro.
(...)
Si. Nos faltan hervores.
Se intuye el morado de las berenjenas.
La suavidad.
(...)
Expectación en la cesta de las berenjenas.
Nunca se habla abiertamente de ellas y de lo famosas que pueden llegar a ser.
El aliento de sus rumores, casi puede mascarse en el aire.
(...)
Y llega el desencadenante del asunto... Ramiro García, con tiempo suficiente, hace una llamada al puesto de verduras y pone sobre aviso al gran comendador. Aprendido el oficio con nobleza genealógica, coordina las berenjenas con lejana suavidad. Sabe que habrá escasez nada más acabar de decir, el Sr. Markiñano, “Bon apetit”. Desde más allá, coordina las berenjenas y su olor en el estudio, en las calles, en las casas, en la tienda de Ramiro García Padre.
Si. Ramiro García Padre.
Aquel que un día se percató de que ésta o aquella verdura se acababan inesperadamente al tum-tum de algo misterioso. Algo sólo respirable en el ambiente. Algo Markiñanoso. Algo que una vez descubierto le hizo enviar a Ramiro García hijo más allá de la tienda de verduras.
Allá dónde nace la (importantísima) coordinación de las berenjenas.
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