La Coctelera

Swibel

31 Agosto 2007

EFEP LCDPYTEBT OI LMFDUFI A!A!A!

El Farfullero en Patinete
O debería decir, el farfullero, a secas. Sentado delante del museo de arte contemporáneo, ve pasar a los demás chicos en patinetes diversos. Un chico oriental, mitad japonés, mitad chino, hace un salto perfecto. No es estrambótico, pero si efectivo. Más efectivo que el de todos los demás. Durante diez minutos, todos van saltando e impulsando sus patinetes de mil formas y mil velocidades. Sin embargo, casi ninguno acierta. Aquel cae de espalda, otro que pisa la tabla con un ruido seco, el de más allá que salta como un pato desplumado. Y el farfullero, que observa y narra la jugada, sin piedad y a todo lo que da su garganta crítica a los demás patineteros: "jodeeeeer, pero que miedo hay en el cuerpo"; "andaaa, que mi abuelita hacía eso mismo en sus tiempos"; "venga chico, valor y cojones!".
Va farfullando, sentado y ofreciendo los nudillos a todo el que pasa. Muy guay. Los demás, que son muchos, le hacen el caso justo. Lo toleran, por algún extraño código de patineteros, probablemente no escrito. Pasan 10 minutos más y un chico con cara de globe-trotter hace el salto más impresionante nunca visto. El farfullero se levanta y corre a su encuentro. "Chaval, eres una máquina", "por fin!"
El chico se sienta a su lado, choca sus nudillos y le deja su patinete.
A continuación, el farfullero se sube al patinete, hace como que salta pero no le dan las rodillas. Se acerca al bordillo de la escalera, y se acobarda. O eso parece. O no sabe patinar o no se atreve. Se baja del patinete y regresa dando saltos diciendo que no está lo bastante concentrado. Hay un perro que ladra de fondo y debe ser por ello que no se atreve y sólo farfulla. Venga esos nudillos. El perro da un bostezo acompasado con otro mio y ambos nos miramos un segundo antes de tumbarnos en el suelo delante del museo de arte contemporáneo con la pata sobre los ojos. El farfullero se oye de fondo, pero ya no le presto atención.

La Chica Del Perritín y Todo el Brazo Tatuado
La chica del perritín es italiana y habla en voz alta alrededor de cinco chicos, todos de diseño. Uno con sombrero, otro de camisa violeta, otro con quince piercings en su cara, otro de zapatos con brillantes y el último tatuado de pe a pa. La escuchan mientras ella gesticula, revisa su teléfono, sostiene al perritín y juega con un chal que le cubre la espalda y los brazos. Es una chica menuda, pero segura de sí misma. Capta la atención de todos con sólo abrir la boca. El movimiento de las manos no desentona del volumen y ritmo de la voz. Todos ríen cuando ella quiere y además sabe dejarlos solos sin dar la sensación de que se ha ido. De repente deja a perritín en el suelo y se quita el chal dándole vueltas con una mano. Deja al descubierto un brazo delgado, pero fuerte que está completamente tatuado. Desde el hombro hasta la contrapalma de la mano. Es una colección de cuerpos, soles, suelos, jeroglíficos muy bien reunidos. En el codo hay una forma geométrica curiosísima que me recuerda la esfera invisible de Dalí. Me encantaría estar más cerca para verlo con más detalle. Sin embargo, prefiero tumbarme de espaldas, no sin antes echar un vistazo a perritín que bosteza conmigo delante del museo de arte contemporáneo.

Octogenario Ikea
No es Ikea en realidad, pero es casi mejor. Sillones de una comodidad inimaginable nada más entrar. Mientras paseo delante de la tienda, entra un viejecito con un periódico debajo del brazo y se sienta en el sillón más cómodo del mundo. O a mi me lo parece. Abre el periódico y a leer. No es una prueba. No es que esté cansado y hace una pausa. Es que la plaza de esta ciudad no entiende de bancos cómodos para octogenarios. Pero este octogenario si que entiende, y con una facilidad descarada, como ampliar la plaza de su ciudad y rehacerla con los bancos más cómodos del mundo. O a él se lo parece.

La Mala Fortuna de una Fakir Italiana
Llega en bici al punto central de la plaza de la ciudad. Con artes de malabarista se baja de la bici mientras ésta aun va rodando. Ella lleva un collar de metal alrededor del cuello completamente cerrado. Sin eslabones, como si hubiese nacido con él puesto y no existiera forma de quitarlo. Lleva un vestido negro que se transparenta. En la bici lleva una barra negra de esas a las que se les prende fuego por los extremos y puedes hacerla girar con mucha práctica. Se va formando un círculo a su alrededor, mientras ella pone una cajita naranja en el suelo y echa un líquido inflamable en las esponjas de los dos extremos de la barra. Se acerca despacio hasta un par de chicos y pregunta por el mechero. El chico de cabellos más largos le alarga el mechero y le dice: "cuidado con la policía". Ella se ríe y dice algo en italiano. Es italiana, pensamos todos. Enciende su barra y la hace girar por aquí y por allá. Es extraordinario lo que hace. De no se sabe dónde llega la policía y le dice que se acabó el espectáculo. Le quitan la cajita naranja y le dicen de malos modos que apague el fuego de inmediato. Ella se niega. Blasfema en italiano. El chico de los cabellos largos sale al foro. Coge a la chica por el brazo y le señala una fuente cercana. Ella se sacude al chico y le mira con rabia. Blasfema en italiano. Apaga las llamas sólo con su aliento. La policía se marcha y ella arremete contra el chico de los cabellos. Le dice que lleva cuatro días haciendo su "show" sin ningún problema y que él le ha traído mala fortuna. Su mechero está "maladetto". O algo así. Antes de marcharse ella, se intercambian los teléfonos y él se marcha sonriendo por su buena fortuna.

Autobús!, autobús!, autobús!
Hago una parada en el camino de regreso. Es un bohío grande en mitad de la nada. Tienen comida para un regimiento y me han intentado convencer para probarlo todo. Al final, para su decepción, he pedido un pequeño bocata de tortilla y un café con leche corto de leche. No hay nadie más en el local. Hay dos chicos detrás de la barra que conversan relajados. Es un local demasiado grande para un solo viajero. De repente, y cuando digo de repente, es que fue muy repentino; los dos chicos detrás del mostrador se ponen tensos. Se apoyan con un brazo sobre la barra, sacando parte del cuerpo por encima de ésta. Abren los ojos de par en par, y gritan nerviosamente: "autobús!, autobús!, autobús!". Me pilla tan desprevenido y me sorprende tanto el griterío que dejo de masticar y también me pongo en tensión. No sé muy bien de dónde, salieron como diez o cien personas de todas partes, muy bien uniformados, de color verde y amarillo, firmes y formales, repitiendo: "autobús!, autobús!, autobús!". Una vez en sus puestos cayó un silencio salomónico sobre todo el bohío. Todos atentos observando la llegada del autobús. Porque efectivamente, estaba llegando un autobús. Todo grande él. Lleno de posibilidades y ofertas por hacer. Dentro, todos preparados, como un arco listo para disparar sus flechas de paella del día, ensalada de la huerta y zumos naturales recién hechos. Con el bocata suspendido, olvidándome de comer, observaba inquieto al autobús y a los taquicárdicos empleados del local. Se abre la puerta del autobús. SE ABRE LA PUERTA DEL AUTOBÚS. Y baja una abuelita, un niño y el chofer del autobús. Nadie más.

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3 comentarios · Escribe aquí tu comentario

\\

\\ dijo

Coño!!!!

31 Agosto 2007 | 11:31 PM

yocreoquesi

yocreoquesi dijo

Las pusiste todas !!!

3 Septiembre 2007 | 02:27 PM

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