un átomo y una japonesa
Salgo por la puerta, y coincido con una anciana japonesa con sombrero tipo champiñón. Me sonríe todo lo que puede sonreír una japonesa de 60 años y se marcha.
Voy detrás de ella, atravesando el despejado parque y pienso que la figura de la japonesa, con ese sombrero, y el verde tan verde, y el camino clareado por tantas pisadas, es una bonita postal. Saco la cámara y cuando hago la foto se gira.
Sigue andando más rápido que yo, pero la alcanzo en la parada del tranvía. Me siento a su lado y la observo de reojo, intentando apreciar la sensación de viajar sola, en una ciudad grande, no dentro de un grupo de japoneses, con un billete que te da acceso a todas partes... no sé, me entran ganas de abrazar a la japonesa y felicitarla o algo así.
Nos subimos al tranvía y nos bajamos en la misma parada. Pura casualidad.
Tomamos rumbos diferentes, y durante el resto del día nos encontramos en sitios muy dispares y alejados, no comunes, una pequeña exposición de fotografías, un anden de los miles posibles, una rampa de saltos en lo alto y más alejado de la ciudad.
La japonesa y yo, como dos minotauros.
Y vamos a ser sinceros, siempre que me pasa una cosa así, pienso en el laberinto, en el bendito minotauro y me felicito por asociar tan rápido la mitología con el mundo actual, y darle una utilidad. Pero de usarla tanto, creo que va gastada... así que ni minotauros, ni ícaros.
Un átomo y una japonesa, pasean por una ciudad, juntos sin saberlo.
Y eso es mitológico, también.
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