Francesco
Il Pastaio, un restaurante de la calle Rios Rosas hace de anfiteatro.
Me siento y lo primero que veo es a un padre con su pequeña hija intentando intercambiar unos ñoquis con tomate y una lasagña con muy buena pinta. En el medio hay un plato gigante con un queso de búfala jugoso y brillante rodeado de trazas de dos salsas de vinagre y aceite. Todo muy saludable y con el toque casero de la comida italiana de verdad.
Francesco pasea por todas las mesas saludando y repartiendo besos a todos. Sugiriendo ensaladas y vinos. Está contento. Parece que es su estado más vital, pero es que Francesco es asÃ. Se me acerca y me desvela los secretos del queso de búfala. No me deja elegir, lo traerá de todos modos, se dirige a la cocina agitando las manos y repartiendo besos. Especialmente a la niña con su padre: "Preciosa, criatura bonita, yo quiero una hija como tú... ¿es tú hija?, mama mia, que guapa, que ojos..." apretón de mofletes y guiño con permiso del padre.
Y la niña que salta y se hace más graciosa, y el padre que intenta dar bocado a los ñoquis, contestar a Francesco, estirar el tenedor a su hija y lidiar con el plato gigante con la bola de queso en el centro.
"Pasa el queso por las dos salsas, eh!"- dice Francesco de espaldas entrando a la cocina.
Y asà lo hacen todos en cada mesa con platos gigantes.
Francesco sale de la cocina como un vendaval, con un vino en la mano y besos en la otra. Detrás de él, un camarero trae mi queso en bola sobre un plato gigante, ahora en mi mesa.
Delante de mi, la niña y el padre comparten una tarta. Y el padre pide la cuenta, pero Francesco no lo deja marchar. Le invita un café de parte de la casa. De parte de él. Ha llamado a su mujer para que vea a la niña. "Quiero decirle que yo quiero una "beba" como esta..." Y el padre se rÃe, y yo, y Francesco. La niña come tarta tan ricamente.
Yo acabo lo mÃo y bebo el último sorbo de café. La niña se ha dormido en los brazos del padre. Llega la mujer de Francesco y habla muy bajito con el padre para no despertarla. Francesco agita los brazos y pone a su mujer en un plato gigante. La besa y sigue dando vueltas por las mesas.
Pago lo mÃo, me despido de Francesco y me prometo que pronto volveré a comer en ese bonito anfiteatro, repleto de platos gigantes, ñoquis al tomate y niñas que saltan por todas partes al ritmo de las palmas de Francesco.
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nadie tiene hambre dijo
Salute.
21 Febrero 2007 | 08:45 AM