
Hace años, entramos en la tienda del Reina Sofía juntos, pero nos separamos nada más cruzar el umbral.
Habíamos hablado por horas, unas horas antes, y unas horas después, cruzamos un umbral para quedarnos callados.
Nos cruzamos, sin umbral, una vez dentro de la tienda. Y ni de reojo me miraste.
Ni de reojo te miré.
En sentido horario recorría yo lo que había detrás del umbral y en sentido antihorario lo recorrías tú.
50% de un reloj invisible que nos arrastraba despacito de 12 a 6.
Y mira que unas horas antes, si que había reojos. Y multiojos. Multipalabras. Multiletras.
De vuelta en la tienda ocurrió un algo fechneriano.
Compré a escondidas lo mismo que tú compraste.
Ni de reojo, ni cuenta, ni de vueltas te percataste de mi acción detrás del umbral.
Y hablamos durante horas, días, semanas, meses, años... y por aquí tengo lo mismo que compraste.
A ratos me he acordado de contarlo y a ratos no.
La revelación de todo este asunto, es que no sabe la mayoría, cuando hacer visible lo invisible.
Contar.
En sentido horario o antihorario.
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Decidí invadir todos los espacios del sábado.
Un día es un día, me propuse a las 7 mientras me miraba en el espejo del baño nº2 de casa.
Desayunamos todos. Los tres.
Ayp y yo.
Empecé a vestirme el primero, y si hubiésemos la bici para ir a la tienda, seguramente lo primero que me habría puesto, hubiese sido el casco. Pero no. Elegimos el autobús, que pasa cerca, y nos pone a tiro la tienda del único chino que si vende frutas en un radio de 5 km a la redonda.
Cambio de mochila por una "waterproof". Lo pienso en inglés para darle emoción a la tempestad que se avecina.
Cojo los paragüas de ayp y reviso lo que llevo en la waterproof.
Antes he mirado el weather report, y allí se queda todo el día, hasta mi regreso a casa. Que risas se ha echado, al verme la cara.
Autobús.
Pico tres veces el billete del metrobús. Desde hace varios meses lo hago para que ayp se sientan partícipes del viaje. Socialmente responsables ante la crisis, me dice la mirada del chófer.
Tienda.
Ordenamos bicis, repuestos, cables de frenos, de cambios, pedales, cajas. No entra nadie. Jugamos a los clientes ficticios. Por turnos, ayp entran y compran algo. Por turnos se atienden inventando o acertando los precios de todo. Nada supera los 10 euros, excepto las luces rojas que les da por ofrecerlas a 100 euros. Es que son rojas.
Chino.
Compramos dos plátanos, una caja de galletas y un aquarius gigante. Volvemos y ponemos todo en su lugar nuevamente. Entramos la bici grande y cerramos la persiana.
Calle.
No dejo de ver precios y valor en todo lo que miro. La persiana con la pintada de se alquila se traduce en un grafitti de 80 euros en materiales y otros 100 por el "arte". Paso al lado de una ferretería y de reojo hago cuentas sobre costes de herramientas y grasa para rodamientos.
Llegamos a la estación de Metro y pasamos tres veces el billete. Sentados dentro del vagón, caemos en cuenta de que se nos han olvidado los paragüas.
Bajamos en Ríos Rosas y visitamos nuestro lugar habitual, que últimamente ha dejado de serlo. 20 euros de pasta boloñesa, ñoquis, agua y vino. Hacemos consenso si vale la pena ir al rugby de ciudad universitaria: España vs. Uruguay
No sabemos nada de Rugby, pero allí vamos. Un día es un día.
Volvemos al metro. previa compra de cromos en el kiosko. Un coche y un príncipe en la buchaca.
Dormimos en el vagón hasta ciudad universitaria.
Que no me olvide deciros que picamos una sola vez. Publicity en brazos y Advertising delante.
Aparte de ser socialmente solidarios hay que aprender el truco. Nunca se sabe.
Llegamos a "La Central"... el campo de rugby de Madrid. De España. De Uruguay. Nos sentamos pronto. Empieza la amenaza de lluvia. Ayp suspiran, y voy a por un café y en busca de un paragüas mágico que nos proteja.
Efectivamente, hay un chiriguito que los vende.
Espectaculares. Gigantes. A 25 euros.
Un paragüas enorme. Empuñadura anatómica. Doble protección en la cima. Varilla de carbono. Doble cierre de velcro. Cierre de seguridad en la base. Todo esto, no me lo dice la tendera. Me lo digo yo, que juego a los clientes y me juego el karma, comprando el paragüas.
Regreso y empieza a lloviznar.
Lo abro. Y está roto. No se sostiene sólo.
Lo sostengo yo, mientras pasan las gotas.
A un lado hay nubes oscuras, al otro luce el cielo despejado.
Uruguay y España salen al campo.
Vuelvo al tenderete y cambio el paragüas, no sin caer en la tentación de devolverlo sin más.
Pero no. Es un buen paragüas. Y va a llover.
Regreso y despunta el sol radiante. Y las nubes echan el cierre y bajan destino Ríos Rosas.
A comer ñoquis, claro.
Cierro el paragüas y acaba el partido. Enfilamos hacia el metro y vamos dentino Sol. Dar una vuelta. Comer churros, chocolate, los plátanos del chino. Gente, paragüas. Ninguno como el nuestro.
Volvemos sobre nuestros pasos y desde Sol, regresamos a Plaza de Castilla donde el autobús de la mañana nos llevará a casa.
Faltan 9 minutos. Les pido a ayp que se sienten mientras esperamos. Les miro jugar. Me miran comprobando si ha llegado el autobús. Compruebo el peso del paragüas. Lo sujeto como quien sujeta una vieja espada antigua. Medieval. Carbono medieval.
Publicity me pregunta por su coche. ¿Lo tengo yo?, Lo busco entre mis bolsillos. Andrea me pregunta si tengo las llaves de la tienda. Nada. No tengo ni las llaves, ni el coche. Y doy la misma importancia, a la ausencia de ambas. Mientras se ríen y se desvanece mi cara de interrogación, ambos sacan de sus bolsillos las llaves y el coche. Pequeño truco de tenderos.
Llega el autobús.
Extrañamente picamos dos veces. Ni una, ni tres.
Y si, el paragüas se queda apoyado en la parada gracias al acto de magia de ayp.
Ellos me enseñan a desvelar pronto el truco.
No más sorpresas para el final.
Sorprender todo el tiempo, aburre o no es posible.
La segunda o la tercera vez, está bien, pero la infinita es neutra-percibida.
El paragüas se queda, pero no lo sabemos. No en ese momento.
Juegan a esconder el coche y las llaves, dentro de las mangas del abrigo. Yo también hago un truco y me queda de cine.
Preguntan cómo hacerlo y les digo que lo vemos en casa. En mi cabeza, planeo el cierre del día. Cuanto más lejos hemos llegado, más crédito tiene la satisfacción.
Antes de llegar a la parada, hago recuento de todo, no vayamos a olvidar algo.
¿Dónde está el paragüas?, pregunto.
Se abren las puertas.
Advertising, mientras salta a la acera, dice: "Ha sido el mejor día de la semana".
Publicity, mientras estira sus brazos hacia mí, dice: "Quiero dormirme ya".
Y lo cargo suavemente, mientras doy la mano a Advertising.
Estamos en casa.
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Ayp juegan concentrados en una mesa baja atiborrada de legos. La formalidad del juego, hace rato que ha huído por la ventana, pero yo estoy tan concentrado revisando papeles que llego tarde al diálogo:
- Huummm, estás un poco raro hoy!... porque... porque... ¡TENDRÍAS QUE ESTAR MUERTO!...
La frase me pilla tan desprevenido, por la dulzura con que es dicha y la seriedad que envuelve, que la risa sale sola.
- Bang, bang, bang!
Aquí, hay que girar la cabeza para ver quién sorprende a quién.
Bang!
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