La Coctelera

Adiós

Gracias, a todos.

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Nueve sinónimos

Y lo que hay que contar es imprescindible.
Vamos, como cuando alguien te apura mientras ve por encima de tu hombro al camarero que trae su té con hierbabuena: "venga cuéntame lo imprescindible".

Pero cómo contar rápido, lo que es más.

Bueno, que me pierdo.

Hace algún tiempo, en casa, las cenas, o las comidas (nunca los desayunos, y ahora caigo en ello) las empezamos a amenizar poniendo velas, cambiando los manteles, improvisando un menú manuscrito.

Al principio fueron las cenas. Luego las comidas. Hasta ahora, nunca los desayunos.

Un día, aburrido, me puse el delantal de una manera distinta, y engolando un poco la voz, y sacando de dentro un poco del teatro que todos llevamos dentro, fingí que era un cocinero y no papá.

Un cocinero camarero.

ayp, quedaron descolocados y un poco picuetos. Pero les encantó al instante la idea de conversar con otro. Con otro yo.

El cocinero camarero, hacía chistes (muy buenos) y servía la comida exigiendo propina. Se marchaba, y papá regresaba con un cuchillo olvidado, y Advertising se esmeraba en contar la interacción con el camarero-cocinero, mientras Publicity se partía.

La vida en paralelo, es un excelente punto de partida de conversación. E incluso da para continuar hablando de ello, cuando deja de ser paralelo.

Pero un sólo paralelo, no vale si hay tres comensales.

Con el paso de las semanas, los meses, la entropía (casi desdoblamiento preocupante) fue en aumento, alcanzando una cota más profesional y extendiéndose a Publicity y Advertising.

Un día ellos también eran camareros, y ayudaban a servir la comida al camarero-cocinero.

La sincronización no llegó de forma improvisada. Costó. Y mucho.

Pero una cena, quedó tan perfecta: camareros que entraban y salían de la cocina, daban la opinión a los comensales, estuvieran siempre presentes alternativamente, sin desvelar un ápice el truco, contándonos al encuentro que uno o con el otro, lo que había pasado resumiendo, como un concierto perfectamente coordinado de bajo, violín y violonchelo. Perfecto, perfecto, impresionante.

Si.

Y a partir de allí, las variantes fueron muchas, creábamos menús rápidamente, traspasábamos humores de personaje en personaje, transformaciones en movimiento, y que un mal día no te arruinase la tarea de servir, comer, opinar, concluir. Un pequeño intermedio en nuestro día a día, de 20 minutos, no siempre consecutivo. No tan esquizofrénico como parece.

Pero.

Hace unos meses, tuvimos que cambiar de restaurante. Otra mesa. Otro suelo. Otro techo. La comida: la misma, pero algo había cambiado.

Y entonces aparecieron.

Aparecieron los críticos culinarios. No sé cómo aparecieron. Ni exactamente cuándo. Pero aparecieron. Los camareros continuaban con sus tareas. Los comensales comían, pero un día llego Piblen. Se agachó a recoger algo debajo de la mesa, y salió un crítico culinario.

"Este pollo, podría estar más seco, pero no lo está. Está buenísimo".

Detrás, apareció Andris, experta en condimentos y texturas gastronómicas. Y por tanto, completando la composición, hizo su repentina presentación El Coletas, experto en salsas.

Es indescriptible (de no poder describirse, no de sorpresa) lo que entonces sucedía, cuando van y vienen nueve personajes, alrededor de un plato de ñoquis y mozzarella.

En ello, caí, hace unos días y lo gracioso que es todo este asunto, y la naturalidad con lo que ocurre delante de nuestros ojos. Pero al intentar compartir esta pequeña escena a un amigo, también caí en cuenta de lo descabellado de todo el tinglado.

Y descabellados seguiremos. Por un tiempo, hasta que invitemos a cenar a alguien más cuerdo o a alguien más ido que nosotros.

Pensaba en que todo esto que ocurre, en medio de un día gris, frío, y sin más sinónimos.

Que triste es no tener sinónimos.

Que alegría, tener tantos a la hora de cenar. De comer. Pero nunca en el desayuno.

Y sólo en este punto, he vislumbrado qué es lo que hacemos, lo que somos, a dónde vamos.

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Pollos con fideos

Advertising concluye que lo mejor será cambiar las patatas afiladas por otra cosa.

Tenemos prisa.
Hemos detenido la cena de lasaña con patatas.

Anda, léeme las instrucciones del sobre.
Preparación, dice Advertising.

Vierta el contenido antes de alcanzar el punto de ebullición.
Remover mientras hierve.
Dejar 5 minutos a bajo fuego.
Remover.
Remover más.
Hervir de nuevo.
Bajar el fuego.
Remover.
Subir el fuego 1 minuto.
Remover para el otro lado.
Bajar el fuego.
Remover.
No remover.
Remover muy deprisa.

¿Y si las sopas de sobre quedaran mejor si siguiéramos una serie nueva de pasos?

Nos secamos las lágrimas y servimos.
Publicity tira a la basura, todas las patatas afiladas sobrantes.

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Patatas afiladas

Publicity, se corta el paladar con una patata afilada.
Llora despacio y se siente avergonzado por un accidente tan tonto.
No pasa nada, le digo, mientras la sangre fluye.

Las patatas son su kryptonita. Hace unos años se le atascaron unas cuántas en la boca y acabó muy apurado.
Despacio, le digo que coma una servilleta y ésta se empapa de sangre muy deprisa.

Nos agobiamos ambos.
Una segunda vez come la servilleta y el drama es menor.

Entonces recuerdo que mi madre me daba azúcar en cuchara para tapar las heridas de la boca.
Lengua, carrillos y labios mordidos siempre tenían esta orgánica solución. Cadenas de carbono con varios grupos hidroxilos listos para amalgamar una boca comprometida.

Voy rápido a la cocina seguido de Advertising que se pregunta qué voy a hacer.
Y llevo en equilibrio una cuchara rebozante de azúcar.

Pablo asiente con dulzura.
El azúcar que está dentro de la boca desaparece, y la que permanece en la cuchara se tiñe de rojo.
Al extraer la cuchara, para no poner nervioso a Publicity, me como el azúcar teñida de un bocado.

Está más tranquilo. No llora e intenta sonreír.

Al tiempo que regreso a la cocina, desando los pasos de mi infancia, preguntándome si el azúcar en la boca es efectivo por dulce, o porque realmente cura.

El azúcar baja melancólicamente por mi cuerpo, el de Publicity y el de todos los que lo probaron antes que yo.

Advertising busca un sobre de Pollo con Fideos.

The Sheltering Sky

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Bond-ades

A veces el payaso que llevo dentro se debate entre serlo, o ser Bond.
James Bond.

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Autocrisis

Hoy he dicho: "ya me invitas a un café".

Y me he quedado tan ancho.

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Nado

Otros juegos olímpicos sin nado sincronizado masculino.

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